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Queridas y queridos activistas, compañeras y compañeros del movimiento afro,

Les escribo con el corazón en la mano, sin consignas ni proclamas, porque sé que la preocupación que hoy circula entre nosotros nace de un cansancio profundo: ver cómo el odio, la descalificación y la fragmentación se nos cuelan dentro del propio colectivo afro, como si no bastara con todo lo que históricamente nos tocó cargar.

Creo —y lo digo con dolor, no con juicio— que una parte de esto tiene raíces muy antiguas. Quinientos años de esclavitud no fueron solo una relación económica o un sistema de explotación: fueron también un orden legal, cultural y simbólico que modeló subjetividades. La esclavitud fue ley, fue norma, fue pedagogía cotidiana del sometimiento. Y cuando una violencia se extiende tanto en el tiempo, deja marcas que no desaparecen con la abolición formal. Deja resentimientos profundos, desconfianzas internas y heridas que a veces se vuelven contra nosotros mismos.

No es fácil decirlo, pero muchas veces esa herencia se expresa en la dificultad para construir solidaridad sostenida entre nosotros. No hablo de la solidaridad declamada, sino de aquella que se organiza, se planifica y se sostiene cuando la tragedia golpea. Si hago memoria, los casos de acciones colectivas, estructuradas y solidarias dentro del movimiento afro han sido pocos, muy pocos. Yo solo puedo recordar con claridad algunas, muchas de ellas impulsadas desde Mundo Afro.

Recuerdo la campaña de recolección de suero para la tragedia y el genocidio en Ruanda. Un gesto concreto, urgente y profundamente humano, cuando África sangraba y gran parte del mundo miraba hacia otro lado.

Recuerdo también las más de 60 toneladas de maíz y trigo recolectadas ante el desastre provocado por el huracán Mitch en Honduras, destinadas especialmente a los pueblos afroindígenas garífunas. No fue caridad: fue conciencia de pertenencia. Fue la idea de la sexta región en acto, antes incluso de que el concepto se popularizara.

No quiero dejar afuera una acción que, aunque local, fue profundamente simbólica: la solidaridad con ACSU tras el incendio intencional de sus ventanas y fachadas. Todos sabíamos —aunque nadie quisiera decirlo en voz alta— de dónde venía ese ataque. Aun así, se eligió acompañar, cuidar y sostener.

También están esas acciones menos visibles, casi invisibles para la historia oficial: el apoyo económico, mínimo pero vital, a familias con retrasos en sus pensiones; el acompañamiento en causas judiciales cuando la injusticia se ensañaba; y la preocupación constante de OMA por las personas privadas de libertad, cuando ser negro y detenido era —y sigue siendo— una doble condena.

Hay casos que quedaron grabados en la memoria colectiva y que deberían enseñarse como parte de nuestra historia política. Como la liberación de 22 ciudadanos de Sierra Leona, traídos como mano de obra esclava y descubiertos por trabajadores portuarios al descargar un barco con bandera griega. Allí hubo decisión, hubo coraje y hubo organización.

Otro episodio que no puede olvidarse fue la vejación sufrida por un joven haitiano traído al país en el marco de iniciativas de cooperación y solidaridad impulsadas por Mundo Afro. El joven fue víctima de abusos y humillaciones por parte de 17 soldados uruguayos (finalmente condenados con prisión por la justicia uruguaya), un hecho que conmocionó profundamente a quienes seguíamos de cerca la relación entre Uruguay y Haití. La organización decidió entonces llevar el caso ante la justicia uruguaya, exigiendo responsabilidades y denunciando públicamente lo ocurrido. No se trataba solo de un caso individual: era también una cuestión de dignidad y de principios.

Paradójicamente, esos mismos años fueron también un momento en que Mundo Afro tuvo la incidencia política suficiente como para solicitar al gobierno uruguayo un gesto concreto de cooperación económica hacia la República de Haití. La propuesta fue simple pero simbólicamente poderosa: donar un dólar por cada uruguayo. La iniciativa prosperó y permitió reunir tres millones de dólares de cooperación para Haití, un gesto que expresaba una forma concreta de solidaridad internacional y de vínculo con el primer país negro independiente del mundo.

También quiero que quede dicho el esfuerzo que se realizó para investigar el atentado que sufrió Jorginho Gularte. No hubo indiferencia ni silencio. Hubo preocupación real, gestiones e intentos de esclarecer lo ocurrido. Pero otra vez apareció esa sensación amarga: la solidaridad no siempre alcanza la forma colectiva y contundente que debería tener cuando uno de los nuestros es atacado. Como si algo nos frenara. Como si siempre faltara un último paso.

O aquel proceso largo, complejo y desgastante en el que Mundo Afro se sentó a negociar con el gobierno nacional y municipal para lograr la construcción de 36 viviendas para mujeres jefas de hogar de la Unidad Familiar Mundo Afro al Sur. Todas las instalaciones y equipamientos fueron donados por la Embajada Británica, después de intensas negociaciones llevadas adelante por la directiva de la organización. Nada cayó del cielo. Todo fue lucha, gestión y persistencia.

Quiero detenerme un momento para rendir homenaje, sabiendo que detrás de muchas de esas acciones hubo nombres propios.

Quiero nombrar a Luisa Casalet. Blanca. Antirracista convencida. Militante sin estridencias. Ella lideró gran parte de esas acciones solidarias, poniendo el cuerpo, el tiempo y la inteligencia política, sin pedir nada a cambio.

Y cuando hablo de las heridas internas del colectivo, no puedo omitir un hecho que siempre me resultó doloroso y profundamente simbólico: la no invitación a Luisa Casalet al acto del Día de la Mujer Afrolatina y Caribeña, con el argumento de que «no pertenecía al colectivo».

Luisa. Blanca. Antirracista convencida. Militante probada en la acción.

Ese gesto de exclusión dice mucho más de nosotros que de ella. Y duele, porque revela una frontera interna que no es política: es identitaria, estrecha y punitiva.

UFAMA al Sur nunca realizó un reconocimiento público mínimo ni a la organización ni a las personas que hicieron posible ese paso histórico, y con respeto siempre se valoró la resistencia y esfuerzos de esas mujeres negras que levantaron sus casas. El silencio también es una forma de injusticia.

Escribo todo esto no para idealizar el pasado ni para pasar facturas, sino para intentar responder a una inquietud que sé que muchas y muchos comparten. Tal vez el odio que hoy vemos entre nosotros no sea solamente una desviación moral o un problema amplificado por las redes sociales. Tal vez sea la expresión de una herida histórica no resuelta, de una comunidad a la que durante siglos le enseñaron a sobrevivir sola, desconfiando incluso del que se le parece.

La solidaridad no nace espontáneamente: se construye. Y también se aprende. Quizás el desafío que tenemos hoy no sea solo denunciar el racismo externo, sino animarnos a sanar nuestras propias fracturas internas, recuperando esa memoria de acciones colectivas que sí existieron, aunque hayan sido pocas.

Les abrazo fraternalmente.

Romero Rodríguez Durán Aguas Dulces, Rocha – 2026

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