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La expansión del pentecostalismo fundamentalista en América Latina no puede ser comprendida únicamente como un fenómeno religioso. Se trata de una estrategia político-cultural de largo plazo, articulada con el supremacismo racial, el neoliberalismo emergente y una geopolítica imperial que encontró en la religión un instrumento eficaz de control social. En este entramado, el llamado sionismo evangélico aparece como una pieza clave: una alianza entre iglesias pentecostales, sectores de la derecha política continental y corrientes ortodoxas del Estado de Israel, unidas por una lectura teológica excluyente, belicista y racializada del mundo.

Rodney Arismendi y la advertencia temprana

A comienzos de los años ochenta, Rodney Arismendi alertó con lucidez sobre los riesgos que entrañaban los documentos estratégicos elaborados por el establishment estadounidense para América Latina. Arismendi comprendió que el avance imperial no sería solo militar o económico, sino también ideológico, cultural y religioso. En sus análisis, señalaba que la ofensiva contra los movimientos populares debía desmontar uno de sus pilares centrales: la teología de la liberación y el ecumenismo de base que articulaba fe, justicia social y organización comunitaria.

Santa Fe I: religión como campo de batalla

El Documento de Santa Fe I (1980), elaborado por el Committee of Santa Fe y adoptado por la administración de Ronald Reagan, definió con crudeza el nuevo escenario. Allí se afirmaba que la Iglesia católica latinoamericana, influida por el marxismo y la teología de la liberación, constituía una amenaza directa a los intereses de Estados Unidos. La recomendación fue explícita: combatir esa influencia mediante la promoción de iglesias evangélicas conservadoras, el financiamiento de misiones religiosas y la expansión de medios de comunicación cristianos alineados con el «mundo libre».

Santa Fe I concebía a América Latina como un territorio espiritualmente disputado. La pobreza estructural, el racismo histórico y la exclusión urbana eran vistos no como problemas a resolver, sino como condiciones favorables para la penetración ideológica.

Santa Fe II: profundización y guerra cultural

Cinco años después, el Documento de Santa Fe II profundizó esta línea estratégica. Ya no se trataba solo de frenar la teología de la liberación, sino de reconfigurar el sentido común de las clases populares. Santa Fe II promovió abiertamente la creación de redes continentales de iglesias pentecostales, auditorios masivos, radios evangélicas y telepredicadores con llegada directa a los barrios pobres.

El objetivo era claro: sustituir la conciencia colectiva por una espiritualidad individualista, despolitizada y obediente, funcional al neoliberalismo emergente. La fe debía dejar de ser un motor de transformación social para convertirse en un mecanismo de disciplinamiento.

Comunidades negras: territorio estratégico

Las comunidades afrodescendientes ocuparon un lugar central en esta estrategia. Quilombos, palenques, favelas y barriadas urbanas eran espacios donde convergían pobreza, exclusión racial y una rica tradición espiritual africana. Allí existía, además, una articulación ecuménica popular: parroquias comprometidas con la opción por los pobres convivían con centros de matriz africana, colectivos culturales, artistas e intelectuales.

Un hito fundamental fue la Asamblea del Pueblo de Dios realizada en Quito, que impulsó la creación de los Agentes Pastorales Negros, una articulación latinoamericana inédita entre fe cristiana liberadora, identidad afro y lucha antirracista. Quilombolas, palenqueros, centros de matriz africana, artistas, referentes culturales e intelectuales blancos comprometidos forjaron un frente antirracista natural, profundamente enraizado en los territorios.

La irrupción pentecostal y la ruptura del tejido comunitario

Es precisamente en ese contexto donde irrumpe con fuerza el pentecostalismo fundamentalista. Su expansión no fue neutral: operó como fuerza de fragmentación comunitaria. Allí donde había organización, introdujo competencia religiosa; donde había memoria africana, instaló demonización; donde había conciencia de clase y raza, promovió resignación y obediencia.

El mensaje fue eficaz: la pobreza es consecuencia del pecado, no del sistema; el racismo no existe, existe la falta de fe; la liberación no es colectiva, es individual.

De este modo, el racismo estructural fue borrado del análisis, reemplazado por una narrativa moralizante que culpabiliza a las víctimas.

Métodos de captación y control

Las iglesias pentecostales desplegaron tácticas precisas para captar población negra: asistencia material condicionada en alimentos, ropa y ayuda económica; lenguaje emocional y espectacularización del culto; control del tiempo y del cuerpo mediante múltiples reuniones semanales; y producción de cuadros locales, es decir, pastores surgidos de las propias barriadas, formados ideológicamente y funcionales al poder.

A esto se suma el hostigamiento simbólico: quien cuestiona, quien mantiene vínculos con la cultura afro o la militancia social es acusado de estar «endemoniado» o «fuera del plan divino».

Financiamiento y poder

El crecimiento de estas iglesias se apoya en financiamiento transnacional: fundaciones evangélicas estadounidenses, redes empresariales, diezmos obligatorios y grandes conglomerados mediáticos religiosos. Radios, canales de televisión y plataformas digitales reproducen un mensaje homogéneo, conservador y profundamente racista en su impacto cultural.

Sionismo evangélico y alianza geopolítica

En las últimas décadas, muchas de estas iglesias consolidaron alianzas con sectores ortodoxos de Israel, conformando un frente sionista evangélico. Esta relación se basa en una lectura apocalíptica de la Biblia que legitima la violencia, el colonialismo y la supremacía racial bajo la idea de «pueblo elegido». Desde esta matriz se naturaliza la deshumanización del otro y se justifican políticas de ocupación y guerra, trasladando esa misma lógica a los territorios latinoamericanos donde opera.

Tres razones de su peligrosidad

La primera es la demonización de los cultos de matriz africana, que refuerza el racismo religioso y destruye identidades históricas afrodescendientes. La segunda es la producción de odio mediante narrativas de guerra espiritual, donde el enemigo deja de ser el sistema y pasa a ser la cultura del otro. La tercera es su función política disciplinadora, que neutraliza la protesta social y legitima proyectos neoliberales y autoritarios.

Conclusión

Santa Fe I y II no fueron simples documentos de coyuntura: inauguraron una guerra cultural cuyos efectos persisten hasta hoy. Como advirtió Arismendi, el avance del fundamentalismo religioso no es casual ni espontáneo. Es parte de una estrategia imperial que busca gobernar conciencias, fragmentar identidades y desactivar resistencias.

Frente a ello, recuperar el ecumenismo popular, la espiritualidad afrodescendiente y la memoria de lucha antirracista es una tarea política urgente.


Bibliografía y fuentes

Arismendi, Rodney. Problemas de una revolución continental. Montevideo.

Committee of Santa Fe. A New Inter-American Policy for the Eighties (Santa Fe I), 1980.

Committee of Santa Fe. Santa Fe II: A Strategy for Latin America in the 1990s, 1985.

Boff, Leonardo. Iglesia, carisma y poder.

Gutiérrez, Gustavo. Teología de la liberación.

Segato, Rita Laura. La crítica de la colonialidad.

Bastide, Roger. Las religiones africanas en Brasil.

Almeida, Ronaldo de. Religión y política en América Latina.

Grosfoguel, Ramón. Racismo, colonialidad y poder.

UNFPA / CEPAL. Informes sobre pueblos afrodescendientes en América Latina.

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