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Del diagnóstico a la transformación: las preguntas que dejó el II Foro Antirracista

Hay foros que terminan cuando se apagan los micrófonos. Y hay otros que recién comienzan cuando terminan los aplausos.

El II Foro «Pensamiento y Gobierno de un Frente Amplio Antirracista» pertenece a esta segunda categoría.

Durante horas se escucharon diagnósticos, reflexiones, propuestas y debates que evidenciaron un importante nivel de madurez política en torno a uno de los problemas más persistentes de la sociedad uruguaya: el racismo. Sin embargo, el verdadero valor del Foro no estuvo únicamente en lo que se dijo, sino en las preguntas que dejó abiertas.

Porque cuando concluyen los discursos aparece una interrogante inevitable: ¿estamos ante el inicio de una nueva etapa política o frente a otro ejercicio de reflexión sin consecuencias transformadoras?

El Foro tuvo méritos indiscutibles. Asumió una verdad que durante décadas fue negada o minimizada: el racismo no es un problema individual ni una suma de prejuicios aislados. Es una estructura histórica que continúa organizando desigualdades en el empleo, la educación, la vivienda, la salud y la participación política.

La pobreza infantil afrodescendiente, las brechas educativas, la sobrerrepresentación en los sectores más precarizados del mercado laboral y la baja presencia en espacios de decisión no son accidentes estadísticos. Son consecuencias de procesos históricos acumulados durante generaciones.

Uno de los aportes más relevantes fue la recuperación de un concepto que durante mucho tiempo generó resistencias incluso dentro de sectores progresistas: la reparación.

Hablar de reparación no implica privilegios. Implica reconocer daños históricos que siguen produciendo efectos en el presente y asumir que una democracia madura tiene la obligación ética y política de corregirlos.

Sin embargo, el Foro también dejó expuestas algunas debilidades.

La primera es que los diagnósticos ya no son suficientes. Sabemos dónde están las desigualdades. Sabemos quiénes las sufren. Sabemos cuáles son muchas de sus causas. La pregunta ya no es qué ocurre. La pregunta es qué se hará para modificarlo.

Y aquí surge una dificultad evidente. El Foro produjo una importante cantidad de recomendaciones, pero todavía no logró transformarlas en una hoja de ruta política clara. Cuando todo aparece como prioritario, termina siendo difícil identificar cuáles serán las acciones capaces de producir cambios estructurales en el corto y mediano plazo.

Pero existe una discusión aún más profunda. Una discusión que trasciende las políticas públicas y que interpela directamente la forma en que Uruguay se piensa a sí mismo.

Durante gran parte de su historia republicana, el país construyó una narrativa nacional basada en la homogeneidad cultural. Las comunidades afrodescendientes fueron reducidas a expresiones folclóricas. Los pueblos indígenas fueron prácticamente expulsados del relato oficial. Las migraciones posteriores fueron incorporadas bajo una lógica de integración que muchas veces implicó invisibilización.

El resultado fue la consolidación de una idea de ciudadanía formalmente igualitaria, pero culturalmente uniforme.

Sin embargo, la realidad desmiente ese relato. Uruguay es multicultural. Lo es en sus territorios, en sus memorias, en sus expresiones culturales, en sus prácticas religiosas y en la diversidad de pueblos que contribuyeron a construir la República.

El problema es que esa realidad todavía carece de reconocimiento constitucional. La Constitución reconoce ciudadanos, pero no reconoce pueblos ni comunidades. Reconoce igualdad jurídica, pero no reconoce diversidad cultural. Reconoce derechos individuales, pero omite el carácter pluriétnico de la sociedad uruguaya.

Y esta omisión tiene consecuencias políticas. Las constituciones no solamente organizan el poder. También expresan cómo una sociedad se comprende a sí misma y quiénes forman parte de su relato nacional.

Por eso el Foro dejó instalada una pregunta que tarde o temprano deberá responderse: ¿está dispuesto el Frente Amplio a impulsar una reforma constitucional que reconozca explícitamente el carácter multicultural y pluriétnico del Uruguay?

La pregunta incomoda porque obliga a abandonar el terreno de las declaraciones generales y entrar en el espacio de los compromisos concretos. Hablar de antirracismo implica discutir el modelo de Estado. Hablar de reparación implica discutir reconocimiento. Hablar de igualdad implica discutir diversidad. Y hablar de diversidad implica revisar los fundamentos simbólicos sobre los cuales se construyó la nación.

Pero quizás la ausencia más visible del Foro fue otra: la discusión sobre el poder.

Porque la cuestión central no es solamente cuántas personas comprenden el problema. La cuestión es quién toma las decisiones. Quién administra los recursos. Quién diseña las políticas públicas. Quién ocupa los espacios donde se define el rumbo del país.

Mientras la presencia afrodescendiente e indígena continúe siendo excepcional en los ámbitos donde se ejerce el poder real, seguirá existiendo el riesgo de que las políticas antirracistas permanezcan confinadas al terreno de las buenas intenciones.

La actualización ideológica que propone el Foro también interpela a la propia izquierda. Durante décadas las desigualdades fueron interpretadas principalmente desde la perspectiva de clase. Esa explicación continúa siendo imprescindible, pero ya no alcanza para comprender la totalidad del problema. Las desigualdades étnico-raciales poseen dinámicas propias, mecanismos específicos y consecuencias diferenciadas. No son una contradicción secundaria. Son parte constitutiva de la estructura de desigualdad de nuestras sociedades.

Por eso la verdadera evaluación del II Foro no dependerá de la calidad de sus documentos ni de la profundidad de sus debates. Se medirá en los próximos años. Se medirá observando si disminuye la pobreza afrodescendiente, si aumenta la representación política, si se fortalece la institucionalidad antirracista, si la educación incorpora una perspectiva multicultural, si las políticas públicas avanzan más allá de las declaraciones y si Uruguay es capaz de reconocerse a sí mismo con mayor honestidad.

Tal vez esa sea la principal enseñanza que deja este encuentro. La etapa de los diagnósticos está llegando a su límite. La sociedad ya sabe que el racismo existe. Ya sabe que produce desigualdades. Ya sabe que esas desigualdades tienen raíces históricas.

La cuestión ahora es otra. ¿Existe la voluntad política para transformar las estructuras que las reproducen?

Porque la distancia entre el discurso y la transformación no se mide en palabras. Se mide en decisiones. Se mide en presupuesto. Se mide en representación. Se mide en poder.

Y quizás también se mida en la respuesta a una pregunta que el Foro dejó suspendida en el aire: ¿será el Frente Amplio la fuerza política que impulse el reconocimiento constitucional de un Uruguay multicultural, pluriétnico y verdaderamente antirracista?

La respuesta definirá mucho más que una agenda política. Definirá una parte importante de la historia democrática del Uruguay del siglo XXI.


Romero Jorge Rodríguez Montevideo, junio de 2026

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